Artículo del blog
LA FÁBRICA DE LOS SUEÑOS Y DE LAS FRUSTRACIONES
Publicado 7 de agosto de 2026 · Por Jaime Beltrán
Resumen del artículo
Toda sociedad tiene un núcleo fundamental: la familia. La familia nuclear es el lugar donde se forma el carácter y se transmiten los primeros valores a nuestros hijos. Por otro lado, la escuela entrega conocimientos y desarrolla habilidades. Pero la cultura moldea los sueños y las aspiraciones. Lo hace mediante las historias que una sociedad cuenta, los héroes que admira, las canciones que canta y los sueños que decide transmitir de generación en generación. Ningún pueblo construye su identidad únicamente a través de sus leyes o de su sistema educacional; también lo hace por medio de su cultura. Porque, antes de cambiar las instituciones, siempre cambian las ideas; y antes de cambiar las ideas, cambian las historias que una sociedad decide contar. Ahora bien, antes de continuar, conviene precisar qué entendemos por cultura, tomando como referencia la Declaración Universal de la UNESCO. Esta no la limita únicamente a las expresiones artísticas ni al patrimonio histórico de un país, sino que comprende el conjunto de valores, costumbres, símbolos, relatos y formas de comprender la realidad que una sociedad transmite de generación en generación. En otras palabras, la cultura no solo refleja quiénes somos; también contribuye a moldear quiénes llegaremos a ser. Durante siglos, quienes se dedicaban al entretenimiento ocuparon un lugar importante, aunque secundario. Los bufones divertían a la corte, los dramaturgos emocionaban al público y los artistas reflejaban la época que les tocaba vivir. Hoy, sin embargo, los diversos medios de comunicación se han convertido en el llamado cuarto poder. El cine, la televisión, las plataformas digitales, la música y las redes sociales ya no solo entretienen: moldean aspiraciones, construyen referentes y condicionan la forma en que millones de personas interpretan la realidad. No se trata de una teoría. Basta observar la historia de la industria cultural. En Estados Unidos, la evolución de los cómics ha acompañado muchas veces los cambios sociales y políticos de cada época. Superman representó el ideal heroico de una nación que buscaba proyectar fortaleza, optimismo y esperanza. Décadas después surgieron personajes como los X-Men, cuyas historias dialogaban con sociedades marcadas por nuevos conflictos de identidad, discriminación y exclusión. Los cómics no solo reflejaban la realidad; también contribuían a construir el imaginario desde el cual esa realidad era comprendida. Algo similar ocurre en países como Japón y Corea del Sur. Sus producciones audiovisuales suelen transmitir valores como el esfuerzo, la disciplina, el honor, el respeto, la superación personal y la importancia de la familia. Incluso cuando muestran historias difíciles o dolorosas, el relato suele conducir hacia la perseverancia y la posibilidad de salir adelante. Se promueve la aspiración al éxito por sobre la envidia hacia quien prospera. No es casualidad que esas narrativas acompañen a sociedades que, con todas sus dificultades, han alcanzado importantes niveles de desarrollo económico, tecnológico y social. Nuestro país también conoció ese relato aspiracional. De hecho, durante buena parte de los años noventa, nuestras teleseries, programas familiares y gran parte de la televisión abierta transmitían una idea sencilla: estudiar, trabajar, esforzarse y progresar permitían construir un mejor futuro. No era una sociedad perfecta, pero existía una invitación permanente a creer que el mérito y el esfuerzo podían cambiar el destino de las personas. Y, efectivamente, fue así como logramos reducir la pobreza extrema, permitiendo el surgimiento de una nueva realidad social: la llamada clase media emergente. Con el paso del tiempo, ese relato comenzó a modificarse. La esperanza fue dando paso al conflicto permanente. El mérito comenzó a ceder espacio frente al resentimiento colectivista. El esfuerzo individual fue reemplazado, cada vez con mayor frecuencia, por narrativas centradas en la lucha de clases, donde el éxito suele presentarse con sospecha y quien prospera aparece más como un privilegiado que como alguien que alcanzó sus objetivos mediante el trabajo y el sacrificio. En nuestro país, este cambio coincidió con el creciente predominio de visiones comunistas y frenteamplistas en diversos espacios escolares, universitarios y del mundo actoral, desde donde esas narrativas adquirieron lamentablemente una influencia cultural cada vez mayor. Mostrar los problemas sociales nunca será un error. Toda sociedad debe ser capaz de observar críticamente sus propias falencias. El problema surge cuando el conflicto deja de ser una realidad que debe superarse y pasa a convertirse en una identidad que debe perpetuarse. Una cosa es retratar la pobreza; otra muy distinta es romantizarla. Una cosa es denunciar las desigualdades; otra muy distinta es transformar el resentimiento en el principal motor del relato cultural. Quizás por ello no resulta extraño que buena parte de la producción audiovisual nacional continúe concentrándose en una visión ideológica de izquierda sobre los acontecimientos de 1973, en el conflicto político, la lucha de clases o las divisiones ideológicas como eje central de sus relatos. Este patrón constituye, a mi juicio, una muestra de que nuestro país no se deteriora únicamente por el aumento de la delincuencia o por una crisis económica. También comienza a deteriorarse cuando dejamos de enseñar a nuestros hijos que vale la pena soñar con un futuro mejor. Porque, antes de transformar las instituciones, siempre cambian las ideas; y antes de cambiar las ideas, cambian las historias que una sociedad decide contar. La batalla cultural nunca ha consistido simplemente en decidir qué películas producir o qué teleseries transmitir. Consiste, en realidad, en responder una pregunta mucho más profunda: ¿qué tipo de país queremos formar y qué valores queremos transmitir a las próximas generaciones? Porque al final, toda nación termina pareciéndose a las historias que decide contar.
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