Artículo del blog
¿Debe un movimiento ciudadano ser de izquierda o de derecha? (Parte 1)
Publicado 25 de junio de 2026 · Por Eduardo Magaña
Resumen del artículo
Probablemente esa sea la pregunta equivocada. Vivimos en una época donde pareciera que toda idea necesita una etiqueta antes de ser escuchada. Si alguien propone fortalecer la seguridad, rápidamente será catalogado de “derecha”. Si plantea mejorar la seguridad social, será considerado de “izquierda”. Si intenta conciliar ambas cosas, será acusado de no tener convicciones. Sin embargo, esa forma de entender la política es mucho más limitada de lo que parece. La política no nació para defender ideologías; nació para organizar la vida en comunidad. Las ideologías aparecieron como distintas formas de interpretar esa tarea, pero con el tiempo muchas veces terminaron convirtiéndose en un filtro previo que impide discutir el fondo de los problemas. Los grandes movimientos ciudadanos de la historia no nacieron preguntándose dónde se ubicaban en el espectro político. Nacieron porque existía un problema que las instituciones tradicionales no estaban resolviendo. El eje central nunca fue la ideología; fue la necesidad. Los grandes desafíos que enfrenta la ciudadanía no preguntan por la militancia de quienes los sufren. La delincuencia no distingue entre votantes de izquierda o de derecha. Las listas de espera tampoco. La burocracia, la corrupción, la falta de oportunidades o el abandono de los barrios afectan por igual a quienes viven esos problemas todos los días. Aquí aparece una diferencia que muchas veces se olvida. Un partido político necesita una identidad ideológica relativamente coherente porque su objetivo es gobernar. Un movimiento ciudadano, en cambio, puede organizarse alrededor de un propósito mucho más concreto: mejorar la seguridad de un barrio, impulsar transparencia en la gestión pública, promover una reforma administrativa, fortalecer la participación vecinal o defender una causa específica. El problema surge cuando intentamos obligar a estos movimientos a entrar en una lógica binaria de izquierda versus derecha. Pero la realidad es bastante más compleja. Entonces surge una pregunta legítima: ¿es posible construir un movimiento ciudadano sin declararse de izquierda, centro o derecha? La respuesta es sí. Y no porque la política deje de existir, sino porque existe una diferencia fundamental entre hacer política y hacer partidismo. La política es el arte de buscar soluciones y decidir cuál es la mejor alternativa frente a un problema. El partidismo, por su parte, consiste en organizar esas soluciones desde una determinada corriente ideológica. Son conceptos relacionados, pero no equivalentes. Una organización ciudadana, entonces, puede defender una administración pública eficiente, exigir mayor transparencia, promover participación ciudadana, apoyar la descentralización y, al mismo tiempo, valorar la responsabilidad fiscal. ¿Dónde se ubica eso? La respuesta dependerá de quién observe el fenómeno. Y eso no significa carecer de ideas; significa que las ideas nacen desde los problemas y no desde una doctrina previa. Aunque muchas veces nos cueste asimilarlo, la política contemporánea ya no gira únicamente en torno a un eje ideológico. Hoy conviven dimensiones económicas, sociales, culturales, territoriales, ambientales, institucionales y de seguridad. Pretender reducir toda propuesta pública a una sola línea resulta insuficiente. Eso explica por qué un movimiento verdaderamente ciudadano puede reunir personas que votan distinto, piensan distinto y militan (o no militan) en partidos completamente diferentes. Lo que los mantiene unidos no es una ideología común, sino un diagnóstico compartido y el deseo de resolver un problema. Si una propuesta mejora objetivamente la vida de las personas, poco importa si tradicionalmente fue impulsada por un gobierno de izquierda o uno de derecha. Lo relevante es si funciona, si es responsable y si beneficia al bien común. Cuando vemos el panorama de esta forma, podemos comprender que quizás el mayor desafío de nuestra democracia sea precisamente recuperar la capacidad de analizar cada problema por separado, sin la necesidad permanente de preguntarnos primero quién lo propuso. Porque las soluciones no deberían tener color político. Deberían tener resultados.
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